Respuesta a: Investigación de diseño educativo e iteración.

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#643
Hugo Noel Valdivia Ramos
Invitado

En mi experiencia docente, debo reconocer que en lo personal no me gusta improvisar. Prefiero tener toda la clase estructurada desde el principio con actividades puntuales; sin embargo, entiendo que esto no siempre es posible. Existen situaciones que salen de nuestro control y no ocurren como uno lo tiene contemplado, por lo que considero que sí es importante aprender a gestionar esa incertidumbre.

Una situación en particular que me forzó a esto fue cuando impartía la materia de Orientación en el Colegio de Bachilleres. Como parte del plan curricular, se abordan diferentes habilidades cognitivas para que el alumno las vaya desarrollando como habilidades para la vida. Pero, en lo particular, siempre me parecieron habilidades desconectadas unas de otras, como por ejemplo, la capacidad de marcar ideas principales y secundarias en un texto estaba desconectada de la habilidad para hacer preguntas críticas sobre ese mismo texto.

En el módulo de orientación vocacional (Orientación II), asigné una tarea permanente: leer el libro La conquista de la felicidad de Bertrand Russell. La dinámica consistía en leer un capítulo de tarea, hacer una reflexión sobre el contenido y comentarlo en clase. Intenté dejar el libro en las copias de la escuela para evitar que fueran a bajar y copiar-pegar de internet o que me dieran resúmenes de foros, pero ante problemas logísticos con los de las copias, terminé compartiendo el PDF.

Empezó a suceder lo que yo no quería: me entregaban “resúmenes” que eran básicamente copiar y pegar partes del PDF. Además, en clase, cuando pedía sus reflexiones (leyendo algunas al azar), me di cuenta de que no había crítica real y casi nadie se animaba a participar.

Ante este problema, entendí que se les estaba exigiendo una tarea para la cual no estaban capacitados: no podían obtener las ideas generales ni desarrollar ideas críticas por sí mismos. Cambié la estrategia: dejé de pedir la “reflexión crítica” formal y les pedí que me contestaran, en sus propias palabras, qué habían entendido y qué creían sobre el texto.

Ese cambio ayudó bastante, ya que quitó la presión del contexto académico. A pesar de que el libro es sencillo, entendible y muy lúcido, supongo que se puede ver como que “cedí” ante la incapacidad de los alumnos; pero yo creo que solo faltaba un cambio de enfoque hacia la pregunta. Eso permitió que la discusión fuera más fluida y logramos reflexiones más completas e interesantes sobre la felicidad, lo cual era el terreno adecuado para que eligieran su carrera con base en sus objetivos de vida, cosa que era el objetivo final de la asignatura. Curiosamente, aunque llevaban la materia de Filosofía, ellos mismos me comentaron que no habían leído libros completos en esa asignatura, solo textos sueltos.